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Febrero 2009

La Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia –de la que hacen parte los ex presidentes César Gaviria, de Colombia; Fernando Henrique Cardoso, de Brasil; y Ernesto Zedillo, de México- acaba de hacer unas recomendaciones que parecen tener contentas a muchas personas: despenalizar el consumo de marihuana, no fumigar cultivos ilícitos y buscar un paradigma distinto a la represión. De manera coincidente, la administración Obama da señales de querer transitar por el mismo camino. Sin embargo, cabe preguntarse si ese es el camino correcto para un país como Colombia, donde un estudio reciente señala que los niños están empezando a consumir licor a la edad de diez años, y donde el consumo de alucinógenos está despenalizado desde hace tres lustros sin que esa política arroje beneficio alguno.

Para manifestar que la guerra contra las drogas está perdida y que la despenalización –y hasta la legalización- es la salida lógica y apropiada, los críticos echan mano del viejo paradigma de la prohibición del alcohol en los Estados Unidos. Se asume que la proscripción de las drogas es la que impulsa los precios, estimulando la producción y azuzando el crimen y la violencia. Esta tesis termina prometiendo que una vez se legalice la producción y distribución de las drogas, las utilidades caerán dramáticamente y nadie más volverá a matar o a hacerse matar por los pocos dólares que pueda obtener de ese negocio. Así de fácil, como un final de cuento de hadas.

Una interpretación acaso menos cándida indica que la producción y comercialización de alucinógenos no dejará de arrojar notables rendimientos, pero que los traficantes –suponen- tendrán que hacerse a un lado al no poder cumplir la gran cantidad de requisitos legales –incluyendo impuestos- que deberán observar para operar como una industria legal. Basta ver que a un consumidor de drogas, en la actualidad, no le llega un producto puro, ni en un empaque adecuado, ni que haya sido elaborado en condiciones higiénicas. Sólo las casas farmacéuticas podrían cumplir con los requisitos mínimos y volveríamos, supuestamente, a los tiempos en que, en cualquier farmacia, se conseguía desde láudano –un elixir de opio y alcohol-, hasta cocaína de Merck y heroína de Bayer. Incluso, hay enfoques más atrevidos que pretenden establecer un paralelo entre la producción de tabaco y alcohol con la de narcóticos, perspectiva bajo la cual se considera que estas sustancias se deberían comercializar libremente como una cajetilla de cigarrillos.

Dicha Comisión considera que para quitarnos de encima la violencia asociada con el tráfico hay que darles un trato “más humano” a los drogadictos, a quienes considera ‘enfermos’ y exime de toda responsabilidad. Pero al mismo tiempo hay que exponer al riesgo de la adicción a todas las personas pues sólo se recomienda combatir a las altas esferas del crimen organizado. Si los adictos roban, matan o se prostituyen para conseguir la droga, es un asunto de menor importancia. Tampoco importa que sea un dolor de cabeza para educadores y padres de familia el tener que soportar que los niños y jóvenes encuentren drogas en cualquier esquina, que puedan portarla y consumirla a sus anchas, casi en cualquier parte. De manera que mucho menos debemos preocuparnos porque haya niños que estén consumiendo alcohol desde los diez años como si se tratara de un refresco.

Quienes creen que esta guerra es un fracaso y que la solución es claudicar, deberían tener presente que las drogas no se prohibieron por un capricho moralista sino por los comprobados daños que ocasiona en la salud de las personas y por su capacidad de erosionar el orden social, no referido a la violencia mafiosa sino a la distensión y el caos en el que incurre una sociedad que se aficiona en exceso a los sicotrópicos, que fue la forma como el imperio británico dominó a la China en la llamada ‘Guerra del opio’. Incluso, en momentos en que hay un frente común contra el tabaquismo y se considera inapropiado hasta el venderle cerveza a menores, es incoherente pensar en soluciones de permisividad. Pero lo más inquietante es que se crea que las mafias del narcotráfico se van a dedicar a hacer hostias cuando este nuevo paradigma les haga desplomar esas utilidades que son el combustible de tantas violencias.

Publicado en el periódico El Mundo, el 23 de febrero de 2009 ( www.elmundo.com ).

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