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Enero 2009


La elección de Barack Obama, el periodo de transición a su gobierno y la toma de posesión del cargo como Presidente de los Estados Unidos, son eventos que deberían dejarnos algunas enseñanzas a los colombianos; y una de las más importantes es la del respeto por los procesos democráticos y, muy particularmente, por los resultados de los comicios electorales con todas sus implicaciones.
Puede ser aceptable que durante las campañas políticas se enuncien críticas mordaces e incendiarias contra el gobierno de turno -cuando se hace oposición- o contra los rivales en contienda, pero una vez superado este proceso se debe volver a la realidad, a la necesaria aceptación de los escrutinios que conduce al respeto del gobierno legítimamente instituido como ocurre en casi todos los países que se precian de ser democráticos.
Cuando John McCain reconoció el triunfo de su contendor el 4 de noviembre, tuvo el gesto gallardo de referirse a Obama como “mi Presidente”; y no sólo eso, le ofreció humildemente su colaboración al tiempo que le deseaba los mejores augurios para encarrilar esa nación por la senda deseada. A su vez, el presidente Bush jamás tuvo el menor desencuentro con el nuevo mandatario ni palabra alguna de reproche hacia él. Eso se compagina a la perfección con la despedida misma del mandatario saliente, quien, a pesar de ser del partido contrario y representar unos paradigmas opuestos a los de Obama, fue objeto de agradecimientos por parte del nuevo inquilino de la Casa Blanca en su discurso inaugural y acompañado por este –con todo el protocolo y la reverencia del caso- hasta la escalerilla del helicóptero que lo condujo fuera de Washington. Sobra decir que jamás veremos a Bush, en los medios de comunicación, criticando a Obama o a los resultados de su gobierno; los ex presidentes gringos no hacen política, ningún ‘ex’ debería hacerla.
Todo eso contrasta, por supuesto, con lo que se vive en la política colombiana. Para no ir muy lejos, los resultados de las elecciones presidenciales de 2002 y 2006 han sido pisoteados por la oposición, el Polo y el Partido Liberal. Los discursos de Horacio Serpa, Lucho Garzón y Carlos Gaviria han estado cargados de veneno, insultos y acusaciones infundadas. La gallardía y los buenos deseos han brillado por su ausencia y se han impuesto la rabia y el irrespeto contra la decisión mayoritaria: “Uribe, paraco, el pueblo está verraco”, suele cantar el derrotado Polo, y se pregunta uno a cuál ‘pueblo’ se refieren pues la inmensa mayoría -o sea el pueblo- es la que ha elegido a Uribe dos veces.
Es evidente que los ex presidentes colombianos –con honrosas excepciones- tampoco han aprendido a aceptar con decoro el veredicto de las urnas y a cumplir la regla no escrita de no hacer política, una actitud que no sólo es indigna sino incomprensible pues de manera descarada terminan criticando las mismas fallas en que incurrieron durante sus mandatos e, incluso, osan distorsionar la verdad a tal grado que terminan haciendo comparaciones descabelladas en el absurdo intento de demostrar los beneficios de sus nefastas administraciones, con lo que el gobernante en ejercicio cae en el desliz de prender el retrovisor.
A esto se unen las críticas destructivas que se hacen a diario, cuyo único propósito es pescar en río revuelto en un intento desesperado por reconquistar el poder. No hay propuestas de ninguna naturaleza, sólo se habla de mecánica electoral y de posibles alianzas –pactos con el diablo- entre grupos que no comparten ideario alguno, con tal de gobernar. También abundan los opinadores carroñeros, que menosprecian la voluntad popular insultando, difamando, mintiendo.
Es claro que en EU todos tiran para el mismo lado. Por eso son y seguirán siendo el país más poderoso de este insignificante planeta. Por eso saldrán fortalecidos de esta crisis y aumentarán su ventaja como una sociedad de vanguardia. Mientras tanto, aquí padecemos una minoría que nos quiere llevar al despeñadero comunista y otra que añora el bipartidismo pútrido. Entrambas pretenden convencernos -parafraseando a López Pumarejo- de que como estamos pasando tan bueno en esta fiesta, mejor sería que nos vayamos a otra parte. Es una vieja manía nuestra desandar lo avanzado y arrancar otra vez de cero.
Publicado en el periódico El Mundo, el 26 de enero de 2009 (www.elmundo.com).

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